
Hoy desperté a eso de las 12 y media. No era tan tarde como yo esperaba la noche anterior. Caí rendido sobre mis pies y mi sed de algo distinto a alcohol me motivó a bajar a la cocina por algo de beber. Un fuerte olor a tabaco pateó mi rostro a eso del mediodía. Una camisa negra y unos zapatos. No podía abrir los ojos de tanto gritar y mis ojos lloraban idiosincrasia. La verdad de las cosas, es que no me encontraba todavía despierto. Aún recordaba la noche que me desvelé memorizando fórmulas para el examen de estadística y estas seguían calculando derivadas con mi cabeza. Pero yo no estaba ahí.
Esperaba no encontrarme con nadie en mi trayecto, porque todavía me acompañaba la vergüenza de la madrugada anterior, y la perspectiva de un adolescente que no sabe beber. Me decía a mi mismo: "...tu culpa es ser joven, eres esclavo de tu libertad, no sabes decir no ni sabes decir sí...". De alguna forma pensaba que esas cosa que me decía me las decía porque lo más probable es que las haya escuchado en una canción y que mi estupidez colectiva me impide recordar. Cuando estoy en blog, siento una tremenda ira hacia las palabras. Así es, me caen pesado como un vomito de gaviota en los patios del FIN (facultad de ingeniería).
Mi mente divagaba todavía por los efectos del alcohol o por el estrés de un semestre de estudio universitario. Por suerte logré llegar a mi habitación invicto con un vaso de coca cola fría, helada, efervescente, dulce, chispeante... creo que nunca había deseado un vaso de bebida de esa forma.
Creo que mientras me metía en mis sábanas con mi jaqueca universitaria tomé el control remoto y encendí el televisor a comer basura a través de mis ojos. Esa basura que todos comemos a veces, hasta los que están a dieta, los vegetarianos, los animalistas, músicos, filántropos. Sea lo que sea lo último mencionado. Soy un procranstinador terrible. Se que debería estar haciendo algo en este preciso momento y no lo estoy haciendo, es más, ahora no estoy haciendo nada. Nada, nada, nada, nada, nada, nada.



