Al principio lo detestaba y no lo entendía. Creo que jamás lo haré, por el simple hecho de no querer aceptarlo. Y tal vez sea eso lo que me mantenga así: en un limbo. Porque no podría despertar el resto de mis días conociendo el enigma detrás. Sería perturbadoramente inimaginable el aburrimiento a que éste conllevaría. Al mismo tiempo, no lo sé.
Le da colores distintos a los helados, pero los deja derretirse bajo el sol. Le da ropa a los pobres, pero estos los usan una fria noche para quemarlos en una fogata. Lanza las migas sobre el asfalto y espera a que asalten las palomas a comer para empezar a correr hacia ellas. Es así mi queridisísimo Watson, no tiene sentido.
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